Mi cama son las montañas de ropa que nunca ordené.
El suelo no suena, y temo que se deba a otra copa llena.
No hay reloj en esta cabeza, ni vida en este pecho.
Entre mis dedos pasa una sombra que nadie puede ver;
y yo la siento...
y se me escapa.
La persiana medio bajada no deja ver sino la oscuridad que no alumbran las estrellas, en este paraíso gris.
Tengo miedo. Pánico. ¿Llegará mi aliento hasta el helado cristal?
Susurro por si acaso...
Mis sueños son pupilas dilatadas que captan acertijos sin respuesta.
Mi guarida, el hueco entre el armario y la pared.
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